lunes, 11 de noviembre de 2013

10 de abril de 1944



Panteón Español

José Luis Osorio Mondragón
10 de abril de 1944
Vivimos tu recuerdo inolvidable
Tu vida fue manantial fecundo de cristianas enseñanzas
Tus hermanas


domingo, 10 de noviembre de 2013

Sobre Algunas Rectificaciones


Contexto en el que JLOM publica en 1925 Algunas rectificaciones importantes
a la Geografía de la República Mexicana, y la División Regional de su Territorio

"Los trabajos que la Comisión Geográfico Exploradora había venido realizando hasta 1914, son continuados a partir de 1918 por la Dirección de Estudios Geográficos y Climatológicos, posteriormente transformada en Dirección General de Geografía y Meteorología, de la Secretaría de Agricultura y Ganadería, con las notables personas de Pedro C. Sánchez y Ricardo Toscano, principales protagonistas de este período; junto con Miguel y Enrique Schultz, Jesús Galindo y Villa, Joaquín Gallo, Alberto Escalona Ramos, José Luis Osorio Mondragón, Gilberto Loyo, Ramón Alcorta Guerrero, y Ramiro Robles Ramos, quienes fortalecen los estudios de geografía, primero en la Facultad de Ingeniería, como en la Escuela Nacional de Altos Estudios, más tarde Facultad de Filosofía y Letras (1926), en donde los estudios de Geografía se imparten en materias aisladas destinadas a la formación para la enseñanza, hasta 1935, en que se crea el Departamento de Geografía en esta Facultad." De la ponencia ofrecida por el doctor Luis Ignacio Hernández Ireberri durante el I Congreso Mexicano de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, 1988. Fuente: Espacio Geográfico, Revista Electrónica de Geografía Teórica.

FOTOGRAFÍA. De izquierda a derecha: Luz Elena Osorio Mondragón, José Luis Osorio Mondragón, Luis García Figueroa y Concepción Osorio Mondragón



sábado, 9 de noviembre de 2013

29 de enero de 1925

México. Enero 29 de 1925

Señor Ing. Don José Luis Osorio Mondragón
2ª. Civilización 33. TACUBAYA.

Estimado señor y amigo:

Hace más de mes y medio que el padre don Roldolfo Ferniza , mutuo amigo nuestro, tuvo la bondad de visitar a Ud., por súplica que le hice, con el objeto de participarle mi resolución de pedir por esposa a la señorita su hermana Conchita, a quien quiero profundamente. El padrecito Rodolfo se sirvió comunicarme que, habiendo hablado con Ud. del asunto, Ud. le manifestó considerar extemporánea esa unión. 

Con todo respeto, me permito dirigir a Ud. la presente para rogarle encarecidamente tenga la bondad de reconsiderar su opinión y se sirva favorecerme con su aprobación, para que la señorita Conchita sea mi esposa a mediados del próximo mes de marzo. 

Su señorita hermana está anuente a mis deseos, pues habiéndonos tratado durante más de seis meses, nos hemos comprendido bien. Está conforme también con mis modestos recursos, encontrando en orden mi conducta. Por mi parte, no tengo que decir más que haber encontrado en ella muchas virtudes que aumentarán día a día el respeto y afecto que le tengo. Puede usted estar completamente seguro de que haré cuanto esfuerzo sea humanamente posible para que su hermanita encuentre a mi lado todas las consideraciones que merece. No ocupará ella otro lugar que el de ama y señora. Será mi compañera y yo estaré siempre a su lado con solicitud, consideración, respeto y cariño.

Anticipando a Ud. las más expresivas gracias por su respuesta, quedo como siempre Afmo. amigo y Atto. S.S


José Tagle y Aguilar

viernes, 8 de noviembre de 2013

26 de febrero de 1910


Celaya, 26 de febrero de 1910.

Señorita Luz Elena Osorio
Tacubaya

Mi queridísima Rorita:

A la dicha y alegría que tu penúltima cartita vino a depositar en mi alma, con sus dulces palabras y tiernísimas caricias; a la felicidad infinita que he sentido al comprender que, aunque lejos, hay en la tierra ángeles  de ternura y de cariño para quienes la distancia es poco menos que la nada, porque existe en ellas  la superioridad de espíritu que hace que éste domine la materia; a esa visita, repito, que tu espíritu hizo al mío; a ese beso purísimo que me trajo la alada mensajera, viene otro más lleno de amor, más colmado de cariño a depositarse en mi frente pensativa.

            ¿Has visto los rayos del sol moribundo buscar el Oriente? ¿Has visto en otoño bandadas de pájaros huir del invierno en busca del Sol? ¿Has visto a las plantas buscar la luz? Pues así busca mi alma en esas horas melancólicas y tristes de la tarde, cuando el Sol se torna lívido, el cielo cárdeno y las sombras hipocondriacas, cuando en las frondas los pajarillos trinan, el Ángelus suena y la Luna su faz de cadáver levanta en el fúnebre manto de la noche, mi alma busca, repito, las dulces caricias, los suaves afectos, quiere contrariar la tristeza de la naturaleza doliente buscando en los recuerdos su refugio.

            Entonces y como a la orden de un mágico, suenan dos golpes en el herrado aldabón de la puerta, transcurren unos instantes y al fin el mozo me entrega un rectángulo pequeño de papel doblado…

            Hay algo más sublime que el mar, el cielo; hay algo más sublime y profundo que el cielo, el Alma. ¿Quién ha bajado a ese antro misterioso de las sombras? ¿Quién ha visto los secretos que ella encierra? ¿Qué osado explorador con el escalpelo ha atacado ese principio de la vida? ¿Qué Orfeo ha conocido esa lira de infinitas cuerdas que vibra incesantemente en el interior de cada ser? Sólo Dios.


            Ese ente que no es nada y que es todo, esa alma, pues, al sentir el aleteo próximo de la blanca paloma en su misterioso laboratorio, en sus formidables retortas y con su alquimia desconocida, opera la reacción…

            Tras las colinas, poéticamente, se eleva la blanca Selene, regiamente escoltada de carros de estrellas, de dragones, de pegasos, en su blanca nave se mueve silenciosa, meciéndose en el infinito, blandamente ya toca los confines del mar de leche (Vía Láctea). Mi alma se extasía ahora contemplando las profundidades del Infinito y del Eterno. Las sombras son menos negras y la tranquilidad más grande. ¿Quién ha operado ese cambio? Qué mago, bruja, hada o genio ha hablado al Cosmos? ¿Qué formidable Heracles, repitiendo sus doce trabajos, ha resucitado a la Luna, ha vuelto a la sombra menos negra y a la inmensidad menos vacía? ¿Es mi estado de conciencia el que ha cambiado? ¿Quién lo ha hecho? ¿Quién?  Tú lo adivinas antes que yo, ¿verdad, monina? Y de tus labios saldrá esta expresión: Sin duda, es la palomita de blancas alas.

            El curu-cutu de la linda mensajera en efecto, qué calorcito, su amor inmenso, sus besos santos, sus cuentecitos y hasta su aroma que huelo a cielo, han sido en efecto los tramoyistas de mi alma.

 Un cuentecito

            Voy a contarte, monina, un cuentecito que no me acuerdo dónde lo vi.

            Era una noche de Luna (tenía que ser). A través de la atmósfera, la luz intensa del satélite en su llena esparcía una claridad vaporosa, bastante como para eclipsar a la multitud de estrellas. Sin embargo, podían distinguirse claramente Marte, Júpiter, Vega y Altair. Por la ventana vidriera, torrentes de pálida luz llegaban a invadir mi alcoba (mi cama, adosada a una de las paredes, estaba cerca de la ventana). Lentamente, en el reloj del viejo campanario próximo, dieron las 10, después de lo cual se restableció el silencio profundo de la noche… De pronto, veo que las paredes comienzan a alejarse con movimiento lento, casi imperceptible al principio, después más rápido. El espacio en mi derredor crecía y se dilataba por momentos, ya aquello era dilatado campo que hacía horizonte por todos lados. El campo estaba muy triste, no había hierba. No podía distinguir si era de noche o de día.

            Repentinamente, en los últimos confines, en la región donde el cielo se agacha para besar a la tierra, distinguí un punto blanco que crecía. Aquel punto blanco se dirigía a mí. Yo estaba como clavado y no podía moverme. Lo que yo había tomado por un punto era en realidad una forma vaporosa. La distancia que nos separaba era aún inmensa. La forma crecía a medida que se acercaba. Parecía que irradiaba una luz divina. No podré decir si volaba, pero lo que sí sé es que no venía en el suelo. Pero a poco empiezo a distinguir su figura. La claridad crecía y la forma se agrandaba. Los detalles empezaron a dejarse ver. ¿Era una criatura humana o un ángel? Tenía pies, manos, ojos y brazos pero su forma no era terrestre. Venía vestida de luz, ella misma era luz. Su claridad me cegaba. Cerré un momento mis ojos deslumbrados, y cuando los abrí de nuevo la forma había desaparecido, sólo quedaba en la oscuridad de mi alcoba un rayo de Luna que me hería el rostro. En el reloj de la vetusta torre dieron lentamente una… dos… tres… cuatro… diez… once… doce.

            Sólo un ruido interrumpía el silencio funeral de la noche, era la pesada rodada del carro Correo…

            Al día siguiente, recibí muy de mañana dos retratos.

            En fin, monina, que pensarás de mí que me he vuelto loco, ¿verdad? Sí, estoy loco, y loco de remate. Tú sabes que en la locura hay monomanías. Pues bien, la mía es la de creer que me quieres. Ya ves que soy un loquito pacífico.

            Hoy es sábado, día que le había dedicado a mi niña por entero, ¿qué le diré más? ¡Ah, ya! Se me olvidaba contarle una cosita, una cosita muy calladita… Chist…

            Tuve una novita en miniatura, la cosa más chiquitita del mundo. Figúrate que tenía 8 años. No era bonita ni fea, muy graciosita sí. Todos los días le compraba sus caramelos. Y ella, muy mona, me decía “Gracias, señor”. Pierrot y Colombina (pero una Colombina de porcelana mayólica y puesta sobre una consola para poder estar a la altura de Pierrot) no se hubieran querido más. Un día, Pierrot, desgraciado, no vio más a Colombina; se había ido. No del brazo de Arlequín, sonriente, sino en brazos de su nana y con sus Señores Papás.

¿Sabes por qué Pierrot quiso tanto a su dije? Por dos razones: primero (ya sabes que este pícaro Pierrot es afecto a la poesía), porque se llamaba Aurora; después, porque le decían “La Rora”.

            Adiós, monina. Pierrot no está triste, pues dice (a mí me lo ha contado) que si perdió el facsímile, le quedó el autógrafo, isn´t it?

                                                          José Luis


                                                         

           

viernes, 6 de agosto de 2010

La madre de José Luis


María de la Luz Mondragón y Mondragón, hija de José Guadalupe Mondragón y Concepción Mondragón, nació en Ixtlahuaca, Estado de México, el viernes 2 de marzo de 1855, en plena Revolución de Ayutla, aquella que culminaría meses más tarde con el destierro de Santa Anna y el exitoso interinato de Juan M. Álvarez.

Por la fecha de su nacimiento, podemos saber que María de la Luz tuvo a José Luis a la edad de 30 años.

A muy temprana edad, María de la Luz fue llevada a Toluca, donde vivió hasta 1875, año en que se trasladó con toda la familia a la Ciudad de México, donde poco más tarde contrajo matrimonio con el doctor José D. Osorio Gómez.

En esta fotografía de 1907, María de la Luz aparece, a los 52 años de edad, con la niña Elvira Otonelo, adoptada por la familia cuando murió la madre. Dos años después, el padre de Elvira regresó de Italia, casado con la hermana de su difunta esposa (a instancias de ella, como última voluntad). María de la Luz, con tristeza pero con la honorabilidad que la caracterizó siempre, entregó a Elvira a su padre y a su tía.

Los padres de María de la Luz eran primos hermanos, hijos de José María Mondragón Garduño y Mariano Mondragón Garduño, respectivamente, quienes a su vez eran hijos de Joaquín Mondragón y Josefa Garduño.