viernes, 8 de noviembre de 2013

26 de febrero de 1910


Celaya, 26 de febrero de 1910.

Señorita Luz Elena Osorio
Tacubaya

Mi queridísima Rorita:

A la dicha y alegría que tu penúltima cartita vino a depositar en mi alma, con sus dulces palabras y tiernísimas caricias; a la felicidad infinita que he sentido al comprender que, aunque lejos, hay en la tierra ángeles  de ternura y de cariño para quienes la distancia es poco menos que la nada, porque existe en ellas  la superioridad de espíritu que hace que éste domine la materia; a esa visita, repito, que tu espíritu hizo al mío; a ese beso purísimo que me trajo la alada mensajera, viene otro más lleno de amor, más colmado de cariño a depositarse en mi frente pensativa.

            ¿Has visto los rayos del sol moribundo buscar el Oriente? ¿Has visto en otoño bandadas de pájaros huir del invierno en busca del Sol? ¿Has visto a las plantas buscar la luz? Pues así busca mi alma en esas horas melancólicas y tristes de la tarde, cuando el Sol se torna lívido, el cielo cárdeno y las sombras hipocondriacas, cuando en las frondas los pajarillos trinan, el Ángelus suena y la Luna su faz de cadáver levanta en el fúnebre manto de la noche, mi alma busca, repito, las dulces caricias, los suaves afectos, quiere contrariar la tristeza de la naturaleza doliente buscando en los recuerdos su refugio.

            Entonces y como a la orden de un mágico, suenan dos golpes en el herrado aldabón de la puerta, transcurren unos instantes y al fin el mozo me entrega un rectángulo pequeño de papel doblado…

            Hay algo más sublime que el mar, el cielo; hay algo más sublime y profundo que el cielo, el Alma. ¿Quién ha bajado a ese antro misterioso de las sombras? ¿Quién ha visto los secretos que ella encierra? ¿Qué osado explorador con el escalpelo ha atacado ese principio de la vida? ¿Qué Orfeo ha conocido esa lira de infinitas cuerdas que vibra incesantemente en el interior de cada ser? Sólo Dios.


            Ese ente que no es nada y que es todo, esa alma, pues, al sentir el aleteo próximo de la blanca paloma en su misterioso laboratorio, en sus formidables retortas y con su alquimia desconocida, opera la reacción…

            Tras las colinas, poéticamente, se eleva la blanca Selene, regiamente escoltada de carros de estrellas, de dragones, de pegasos, en su blanca nave se mueve silenciosa, meciéndose en el infinito, blandamente ya toca los confines del mar de leche (Vía Láctea). Mi alma se extasía ahora contemplando las profundidades del Infinito y del Eterno. Las sombras son menos negras y la tranquilidad más grande. ¿Quién ha operado ese cambio? Qué mago, bruja, hada o genio ha hablado al Cosmos? ¿Qué formidable Heracles, repitiendo sus doce trabajos, ha resucitado a la Luna, ha vuelto a la sombra menos negra y a la inmensidad menos vacía? ¿Es mi estado de conciencia el que ha cambiado? ¿Quién lo ha hecho? ¿Quién?  Tú lo adivinas antes que yo, ¿verdad, monina? Y de tus labios saldrá esta expresión: Sin duda, es la palomita de blancas alas.

            El curu-cutu de la linda mensajera en efecto, qué calorcito, su amor inmenso, sus besos santos, sus cuentecitos y hasta su aroma que huelo a cielo, han sido en efecto los tramoyistas de mi alma.

 Un cuentecito

            Voy a contarte, monina, un cuentecito que no me acuerdo dónde lo vi.

            Era una noche de Luna (tenía que ser). A través de la atmósfera, la luz intensa del satélite en su llena esparcía una claridad vaporosa, bastante como para eclipsar a la multitud de estrellas. Sin embargo, podían distinguirse claramente Marte, Júpiter, Vega y Altair. Por la ventana vidriera, torrentes de pálida luz llegaban a invadir mi alcoba (mi cama, adosada a una de las paredes, estaba cerca de la ventana). Lentamente, en el reloj del viejo campanario próximo, dieron las 10, después de lo cual se restableció el silencio profundo de la noche… De pronto, veo que las paredes comienzan a alejarse con movimiento lento, casi imperceptible al principio, después más rápido. El espacio en mi derredor crecía y se dilataba por momentos, ya aquello era dilatado campo que hacía horizonte por todos lados. El campo estaba muy triste, no había hierba. No podía distinguir si era de noche o de día.

            Repentinamente, en los últimos confines, en la región donde el cielo se agacha para besar a la tierra, distinguí un punto blanco que crecía. Aquel punto blanco se dirigía a mí. Yo estaba como clavado y no podía moverme. Lo que yo había tomado por un punto era en realidad una forma vaporosa. La distancia que nos separaba era aún inmensa. La forma crecía a medida que se acercaba. Parecía que irradiaba una luz divina. No podré decir si volaba, pero lo que sí sé es que no venía en el suelo. Pero a poco empiezo a distinguir su figura. La claridad crecía y la forma se agrandaba. Los detalles empezaron a dejarse ver. ¿Era una criatura humana o un ángel? Tenía pies, manos, ojos y brazos pero su forma no era terrestre. Venía vestida de luz, ella misma era luz. Su claridad me cegaba. Cerré un momento mis ojos deslumbrados, y cuando los abrí de nuevo la forma había desaparecido, sólo quedaba en la oscuridad de mi alcoba un rayo de Luna que me hería el rostro. En el reloj de la vetusta torre dieron lentamente una… dos… tres… cuatro… diez… once… doce.

            Sólo un ruido interrumpía el silencio funeral de la noche, era la pesada rodada del carro Correo…

            Al día siguiente, recibí muy de mañana dos retratos.

            En fin, monina, que pensarás de mí que me he vuelto loco, ¿verdad? Sí, estoy loco, y loco de remate. Tú sabes que en la locura hay monomanías. Pues bien, la mía es la de creer que me quieres. Ya ves que soy un loquito pacífico.

            Hoy es sábado, día que le había dedicado a mi niña por entero, ¿qué le diré más? ¡Ah, ya! Se me olvidaba contarle una cosita, una cosita muy calladita… Chist…

            Tuve una novita en miniatura, la cosa más chiquitita del mundo. Figúrate que tenía 8 años. No era bonita ni fea, muy graciosita sí. Todos los días le compraba sus caramelos. Y ella, muy mona, me decía “Gracias, señor”. Pierrot y Colombina (pero una Colombina de porcelana mayólica y puesta sobre una consola para poder estar a la altura de Pierrot) no se hubieran querido más. Un día, Pierrot, desgraciado, no vio más a Colombina; se había ido. No del brazo de Arlequín, sonriente, sino en brazos de su nana y con sus Señores Papás.

¿Sabes por qué Pierrot quiso tanto a su dije? Por dos razones: primero (ya sabes que este pícaro Pierrot es afecto a la poesía), porque se llamaba Aurora; después, porque le decían “La Rora”.

            Adiós, monina. Pierrot no está triste, pues dice (a mí me lo ha contado) que si perdió el facsímile, le quedó el autógrafo, isn´t it?

                                                          José Luis


                                                         

           

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